لومړۍ 200 کرښې.
Criatura noble y sabia.
¿Recuerdas...
cuando lo teníamos todo?
¿Sueñas...
con el día en que tuvimos que partir?
Cuando nos guiaste.
Cuando empezó todo.
NARRADO POR CHIWETEL EJIOFOR
REINA DE ELEFANTES
Nuestra historia comienza a orillas de una charca
llena por la tormenta.
Entre las grandes manadas,
los últimos elefantes de colmillos gigantes,
descendientes de un noble linaje que llegó a extenderse por toda África.
Su reina es Atenea.
Esta matriarca de cincuenta años es la líder de su extensa familia.
Como casi todos, tiene vecinos.
Y esta también es su historia.
Su familia la componen hembras emparentadas y sus crías.
Tal es su vínculo que los más jóvenes podrían considerarse hermanos.
La familia de Atenea depende de su experiencia y sabiduría.
Ella toma las decisiones que determinan su supervivencia.
Su hija menor, Princesa, tiene un año.
Y es tranquila como su madre.
Luego está Wewe.
El travieso de la manada.
Siempre intenta jugar con Princesa.
Pero insiste tanto que, a menudo, suele salir malparado.
El pequeño Wewe se quedará con la familia hasta la adolescencia.
Después se irá para unirse a una manada de machos.
Mimi acaba de llegar a la familia.
Nació en plena tormenta.
Hoy es su primer día en una vida de aprendizaje.
Durante dos años dependerá únicamente de la leche materna.
Su madre, Mala, solo da a luz cada cinco años,
por lo que cada cría es un tesoro.
Aunque es Mala quien la amamanta,
a Mimi no le faltarán atenciones,
pues cuidar a una cría es labor de toda la manada.
Este es el reino de Atenea.
Por ahora, les brinda cuanto necesitan.
Todos los días lleva a su familia a la charca principal.
Y alteran la paz de los vecinos.
Necesitan a los elefantes.
Ellos construyeron la charca y, ahora, la conservan.
Pero para esta rana toro las labores de construcción se hacen eternas.
Casi todos los vecinos viven a la altura de sus pezuñas.
Y, en mayor o menor medida, todos dependen de sus grandes amigos.
La charca es el hogar de todos,
pero, desde el instante en que sale el sol,
comienza a mermar.
Y se dispara la carrera para formar una familia.
La rana toro no pierde un minuto y muy pronto habrá renacuajos.
En el piso inferior,
los peces killi no saben cómo ni cuándo la familia de Atenea los ayudará.
Por ahora, solo tienen ojos para su pareja.
Cada vez que el macho envuelve a la hembra,
ella pone un huevo...
y lo entierra.
Atenea sabe que, al caer la noche, hay que extremar las precauciones.
La familia dormirá de pie para proteger mejor a Wewe y a Mimi.
Pero para algunos vecinos...
la fiesta acaba de empezar.
Una hembra de rana criolla no se conforma con un solo compañero.
Y no le faltan invitados para su fiesta de la espuma.
Comienza la época de cría en la charca de Atenea.
La rana pondrá los huevos en la espuma que baten los machos,
donde estarán a salvo para desarrollarse.
Una hembra de ganso del Nilo va por delante.
Puso los huevos hace unas semanas.
Sus polluelos tardarán dos meses en poder volar.
Y, hasta entonces, la charca será su hogar.
Mientras Mimi sea un bebé, Atenea no se alejará del agua.
Siempre es cautelosa
hasta que un recién nacido gana peso y adquiere fuerza.
Es la primera vez que Wewe recibe a un nuevo miembro
y se desvive por hacerse su amigo.
Cuando unos empiezan a construir sus nidos,
otros ya están terminando.
La noche ha sido intensa para las ranas macho
y están agotadas.
Este afortunado vuelve a casa en taxi.
A veces, aun sin ganas, las criollas se ven forzadas a dar un paseo.
La rana está feliz tomando el sol.
Pero la piel de una cría es delicada,
y Wewe enseña a Mimi dónde encontrar una buena sombra.
Ahora que la vida es fácil,
Atenea puede relajarse y dejar descansar a las crías.
Pero Wewe no descansa mucho rato.
Está emocionado con su nueva amiga Mimi
y prefiere despertarla para jugar.
Pero Mimi necesita descansar.
Tiene que fortalecerse para seguir el ritmo a su familia.
Mamá Ganso quiere llevar a sus polluelos a la charca.
Pero también es su primer día
y, tras una noche agotadora, no tienen ninguna prisa.
Además, lo que les pide su madre requiere un gran salto de fe.
Su instinto les genera un dilema: quieren seguir juntos,
pero también seguir a sus padres.
Pero el peligro planea sobre ellos y los convence de que, para sobrevivir,
lo mejor es estar con mamá y papá.
En todas las familias siempre hay un rezagado.
Lo llamaremos Stephen.
Los padres, confiados de que sus polluelos los siguen,
no ven que Stephen se ha quedado atrás.
Pero a veces los rezagados también tienen suerte.
Todo lo que sabe Atenea del reino se ha transmitido de madres a hijas
durante siglos.
Ella es la matriarca con los colmillos más largos.
La muesca es fruto de años arrancando hierbas y plantas.
Las plantas que más le gustan florecen solo unos días al año.
Y sabe dónde encontrarlas.
Pensando en el festín, la familia no presta atención a lo que pasa debajo.
Y a sus vecinos no les queda otra que apartarse.
El camaleón recurre al camuflaje para protegerse.
Pero en ciertos momentos quedarse quieto y camuflarse...
no es la mejor decisión.
Es lo más parecido al pánico...
que puede sufrir un camaleón.
Para la familia de Atenea,
durante la estación verde el ritmo de vida es tranquilo.
Los deja comer hasta que el calor aprieta
y luego los lleva a beber.
Solo han pasado cuatro días desde la tormenta,
pero los nidos de las ranas ya se han secado al sol
y están a punto.
Durante las próximas semanas, la charca acogerá a los diminutos renacuajos.
Pasarán desapercibidos para la familia de Atenea,
pero no para los peces killi y las tortugas que habitan debajo.
Solo la más grande los alcanza.
Y su premio es un merengue con un suculento relleno.
Es la primera vez que Mimi se baña.
Prueba por la parte menos profunda... y enseguida se anima.
Para Atenea y su familia, esto es el paraíso.
Pero, si no vuelve a llover, las charcas se vaciarán en unas semanas.
Sin agua, Atenea sabe que tendrán que abandonar el reino.
Por lo que deben aprovechar al máximo esta abundancia.
Princesa aprende a comer imitando a su madre.
Pero a las crías hay que amamantarlas,
y Wewe aprovecha para mejorar su destreza con las patas y la trompa.
Aunque tardará meses en conseguir este dominio.
Atenea sabe que se acerca la estación seca.
Y el único modo de prepararse es ganar peso.
Comer y acumular reservas.
Pero todo lo que entra...
tiene que salir.
Y para el escarabajo pelotero es un regalo del cielo.
La voz se ha propagado
y, ante una multitud aplastante,
no hay tiempo de recrearse comiendo.
Tiene que formar una pelota y hacerla rodar a toda prisa
porque hay ladrones al acecho.
Ahora, el vencedor debe encontrar un terreno blando para enterrar la pelota
y, así, comer con tranquilidad.
Además de alimentar a los escarabajos,
la familia proporciona un servicio gratuito de jardinería.
La mayoría de semillas que comen no las digieren
y acaban plantadas en bolas de abono... a su paso.
La tortuga macho espera visita.
Y, para lo que tiene en mente,
necesita coger fuerzas... y comer.
Sin lluvia,
las temperaturas suben y los ánimos empiezan a caldearse.
Ante la llegada de elefantes y pensando en sus polluelos,
los gansos deben mantener las distancias.
Pero no va a ser fácil porque el agua está bajando y la manada tiene calor.
Saben que no hay que responder a provocaciones.
Y, para evitar la humillación, Princesa la toma con una paloma.
De nuevo, Stephen sale tarde y se queda rezagado.
Y esta vez... se ha perdido.
Para la tortuga, la situación pinta mejor.
Una hembra ha bajado a beber.
No le cuesta captar su atención,
pero, para impresionarla, deberá demostrar que tiene tanto aguante como ella.
Tendrán que dar un paseo juntos.
Y será largo.
Estas criaturas son nuevas para Stephen.
Pero va a tener que agudizar su ingenio
si quiere volver a reunirse con su familia.
Pese a quedar regazado y perderse, Stephen no ha perdido la suerte.
Algunos vecinos aparecen solo cuando los herbazales se secan
y pueden encontrar comida.
Los merópidos acompañan a la manada unos días,
cuando más jugosos están los saltamontes del reino.
Necesitan que los elefantes los hagan salir.
La amistad con los merópidos durará solo mientras haya saltamontes.
En cuanto se acaben, seguirán su camino.
A Stephen también le han entusiasmado los saltamontes.
Le falta destreza,
pero le sobra ambición.
A ras del suelo, el escarabajo prosigue con su misión.
Parece que conduzca la pelota hacia delante,
pero, en realidad, está bocabajo driblando hacia atrás.
No ve por dónde va, pero no le importa.
Su empeño es mucho mayor que su tamaño.
Ahora que tiene la pelota, no está dispuesto a soltarla,
por muy grandes que sean sus rivales.
El equipo de Atenea no ha marcado,
pero ha sacado la pelota del terreno de juego,
y el escarabajo recupera la posesión.
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