Julius Caesar

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Opublikowano: 2021-08-13
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Pierwsze 200 wierszy.

"AL REGRESAR CÉSAR A ROMA

TRAS DERROTAR A POMPEYO EN LA GUERRA CIVIL

SUS COMPATRIOTAS LE ELIGIERON CÓNSUL POR CUARTA VEZ

Y POSTERIORMENTE, DICTADOR VITALICIO...

ASÍ, SE HIZO DETESTABLE A LOS HOMBRES MODERADOS

POR LA EXTRAVAGANCIA DE LOS TÍTULOS Y PODERES

CON QUE FUE INVESTIDO".

VIDAS DE PLUTARCO

ROMA -- 44 a.C.

¡Fuera! ¡Marchaos a vuestras casas, holgazanes!

Hoy es día de fiesta. ¿Qué oficio tienes?

Soy carpintero, señor.

¿Dónde está tu mandil de cuero y tu regla? ¿Qué haces con tu mejor vestido?

¿Y tú, qué oficio tienes?

Señor, comparado con un obrero fino, se podría decir que soy un remendón.

Pero ¿cuál es tu oficio? Contéstame sin rodeos.

Un oficio que espero realizar con la conciencia tranquila,

pues, en realidad, señor, soy reparador de malas suelas.

¿Y por qué no estás hoy trabajando en tu taller?

¿Por qué los llevas por las calles?

Quiero que gasten sus suelas para así tener más trabajo.

Pero la verdad, señor,

hoy descansamos para ver a César y regocijarnos en su triunfo.

¿Regocijaros de qué?

¿Qué conquistas trae a casa?

¿Qué tributarios le acompañan a Roma

adornando su carroza con los lazos de su cautiverio?

¡Estúpidos, cabezahuecas,

sois peores que cosas insensibles!

Corazones endurecidos, ingratos hombres de Roma,

¿no conocisteis a Pompeyo?

¿Cuántas veces habéis escalado muros y almenas

torres y ventanas, y hasta la punta de las chimeneas

con vuestros niños en brazos,

y habéis esperado allí todo el día con paciente expectación

para ver a Pompeyo por las calles de Roma?

Y cuando veíais aparecer su carro,

¿no elevabais un grito universal

que hacía temblar las orillas del Tíber

al escuchar el eco de vuestro sonido en sus cóncavas orillas?

¿Y hoy os vestís con vuestros mejores ropajes?

¿Y os tomáis el día de fiesta?

¿Y ahora, sembráis de flores el paso

del que llega triunfal sobre la sangre de Pompeyo?

¡Marchaos! Corred a vuestras casas,

arrodillaos

y suplicad a los dioses que suspendan el castigo

que debe iluminar esta ingratitud.

Es imposible retirarles la mordaza que portan.

¡Se marchan silenciosos porque se sienten culpables!

Dirígete por ahí al Capitolio.

Yo iré por aquí. Quita todos los adornos que veas en las estatuas.

¿Podemos hacerlo? Es la fiesta de las Lupercales.

No importa. No quiero ninguna estatua adornada con trofeos de César.

Estas plumas en crecimiento, arrancadas de sus alas,

le harán traer un vuelo normal.

Si no, se remontaría sobre nuestra vista

y nos sumiría en un sobrecogimiento servil.

- Calpurnia. - ¡Silencio! Habla César.

¡Calpurnia!

Estoy aquí, mi señor.

Colócate en el paso de Antonio cuando emprenda su carrera.

- Antonio. - Sí, César, mi señor.

Antonio, no olvides en tu carrera tocar a Calpurnia,

pues, según nuestros ancianos, la infecunda que es tocada

se libra de la maldición estéril.

Cuando César ordena algo, se obedece.

¡Comenzad, y no omitáis ninguna ceremonia!

¡César!

- ¿Quién me llama? - ¡Que cede todo ruido!

- ¡Silencio! - ¿Quién me ha llamado entre la gente?

Oigo una voz más vibrante que la música gritar "César".

Habla. César se ha detenido para escucharte.

Guárdate de los idus de marzo.

¿Quién es ese hombre?

Un adivino que advierte que te guardes de los idus de marzo.

Traedle ante mi presencia. Quiero ver su rostro.

Ven, amigo, sal de entre la gente.

Estás ante César.

¿Qué me dices ahora? Habla otra vez.

Guárdate de los idus de marzo.

Es un visionario. Dejémosle.

Paso. ¡Paso!

¿Irás a presenciar las carreras?

- Yo no. - Te ruego que lo hagas.

No soy aficionado. Me falta algo del espíritu vivaz que tiene Antonio.

Pero no quiero perturbar tus deseos, Casio. Me marcho.

Bruto, te he observado últimamente.

No hay en tus ojos aquella gentileza a la que estaba acostumbrado.

Eres terco y frío con un amigo que te quiere.

Casio, no te engañes. Si he ocultado mi mirada,

el descontento de mi semblante solo va contra mí.

Últimamente, me atormentan pasiones contrarias.

Ideas que solo me afectan a mí,

y eso ha enturbiado mi comportamiento.

Pero no deben afligirse por ello mis buenos amigos,

entre los que te encuentras, Casio.

No veas más allá, es solo que Bruto está en guerra consigo mismo

y olvida mostrar su amor a otros hombres.

Dime, Bruto, ¿puedes verte la cara?

No, Casio, porque los ojos solo se ven reflejados en sí mismos

o en otros objetos.

Exacto. Y es una lástima, Bruto, que no tengas espejos

que reflejen tu oculto valor ante tus ojos

para que así puedas contemplar tu imagen.

He oído a algunos de los más respetados de Roma,

a excepción del inmortal César,

hablar de Bruto y gemir bajo la opresión de la época,

suspirando por que el noble Bruto abra los ojos.

¿En qué peligros quieres meterme, Casio,

para hacerme buscar en mí cosas que no están en mi interior?

Bien, Bruto, prepárate a escuchar.

Y ya que no puedes ver más que por un reflejo,

yo, tu espejo, te mostraré modestamente

aquello de ti que desconoces.

Y no desconfíes de mí, buen Bruto.

Si fuera un bromista, si burlara juramentos,

si adorara a cualquier manifestante

o si supieras que me gustan las habladurías

podrías considerarme peligroso.

¿A qué viene tanto griterío?

Temo que el pueblo elija rey a César.

¿Dices que lo temes?

¿Asumo entonces que no lo quieres así?

No, Casio, aunque le aprecio mucho.

Pero ¿qué pretendes comunicarme?

Si es algo por el bien general, pon a un lado el honor y al otro la muerte,

y miraré a ambos con indiferencia.

Así me favorezcan los dioses, pues amo la gloria

más que temo a la muerte.

Veo en ti esa virtud, Bruto, igual que conozco tu favor.

Pues el honor es el tema de mi historia.

Y no lo que pensáis todos acerca de esta vida,

pues antes preferiría escoger la muerte

que arrastrar mi vida ante el terror de un semejante mío.

Yo nací libre como César. Igual que tú.

También alimentados como él,

y soportamos el rigor del frío del mismo modo que él.

Pero una vez, en un borrascoso día

en que el Tíber se precipitaba contra sus orillas,

César me dijo: "Casio, ¿te atreverías a arrojarte

"en medio de esas olas y nadar conmigo hasta ahí abajo?"

No acabó de pronunciarlo cuando me lancé animándole a que me siguiera,

y lo hizo.

Rugía el torrente y luchamos contra él con fuerte empuje

avanzando con esfuerzos, oponiéndonos a la violencia de su curso.

Pero antes de llegar al sitio señalado,

César gritó: "¡Ayúdame, Casio, o me ahogaré!"

Ese hombre se ha convertido ahora en un dios,

y Casio es una miserable criatura

que debe inclinar su cuerpo si César se digna a hacerle un saludo.

¡César! ¡César!

En España, sufrió unas fiebres

y cuando estaba enfermo, observé cómo temblaba.

Es cierto, ese dios temblaba. Sus labios cobardes habían perdido su color,

y esos ojos, cuya mirada aterroriza al mundo, habían perdido su brillo.

Le oía gemir.

Sí, con esa voz que inspiró a los romanos

a escribir sus discursos en sus libros,

suplicaba: "Dame de beber, Titinio", igual que una muchacha enferma.

¡Dioses! Me asombra que un hombre de constitución tan débil

marche a la cabeza del majestuoso mundo

y lleve él solo la palma.

¡César! ¡César!

Otro vítor general.

Claro, él se pasea por este estrecho mundo como un coloso.

Y nosotros, míseros mortales, caminamos bajo sus piernas

atisbando por todos lados para hallar una tumba deshonrosa.

Algunas veces, los hombres son dueños de su destino.

La culpa, querido Bruto, no es de las estrellas,

sino nuestra, porque somos inferiores.

Bruto y César.

¿Qué debía haber en este César?

¿Por qué suena su nombre más que el tuyo?

Escríbelos, tu nombre es tan justo como el suyo.

Pronúncialos, ambos son igual de sonoros.

Pésalos, pesan lo mismo. Conjura con ellos,

Bruto conjurará un espíritu tanto como César.

Pues en nombre de todos los dioses,

¿de qué se alimenta nuestro César,

para haber llegado a ser tan grandioso?

¡Qué vergüenza!

Roma, has perdido la estirpe de la sangre noble.

¿Qué generación pasó desde el diluvio

que no haya sido famosa por más de un hombre?

¿Cuándo se dijo hasta ahora de Roma

que sus amplios muros solo contenían un hombre?

Tú y yo hemos oído decir a nuestros padres que en otro tiempo existió un Bruto

que habría soportado al diablo eterno

establecer su corte en Roma antes que jamás a un rey.

Que me estimas, no puedo dudarlo.

De lo que me incitas a hacer, algo alcanzo a ver.

Más adelante te diré lo que pienso de este caso y de esta época.

Por ahora no deseo hacerlo, y te suplico que no intentes conmoverme más.

Consideraré lo que me has dicho.

Oiré lo que tengas que decirme y ya habrá tiempo para escuchar

y responder a tales asuntos importantes.

Hasta entonces, mi noble amigo, reflexiona sobre esto:

Bruto preferiría ser un aldeano

al privilegio de nombrarse hijo de Roma en las duras condiciones

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