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MANINA, LA CHICA SIN VELO
Casi todo lo que se conoce de los fenicios se lo debemos ante todo
a Heródoto. Él nos ha relatado ampliamente las
emocionantes hazañas de estos intrépidos navegantes.
Según afirma Stroboa, ellos fundaron doscientos poblados
tanto en España como en las costas africanas.
Y ello hasta las lejanas orillas del Atlántico.
Asimismo Tolomeo relata un episodio poco conocido,
que tengo el honor, de acercar, a la muy numerosa asistencia.
En el año 225 antes de Cristo, los navíos fenicios de Trolius,
de vuelta de sus campañas en las costas ibéricas,
fueron sorprendidos en el estrecho de Bonifacio, frente a las pequeñas
islas de Lavezzi y Cavale, por una violenta tempestad.
Justo en el mismo lugar, en el que naufragaría 2100 años más tarde,
el barco "La semillante", sin que se conozca superviviente alguno.
Tolomeo relata, que la galera almirante de Trolius, que contenía
en sus bodegas, el tesoro de guerra de los fenicios,
constituido por sestercios de oro, escondidos según la costumbre en
jarrones de barro llamadas ánforas, naufraga en este mismo lugar.
Y que nadie desde entonces, supo que había sido,
del tesoro de Trolius.
Los romanos, bajo el mandato de Teodoro, llevan a cabo los trabajos,
para recuperar este tesoro; pero en vano, el mar, guarda el secreto,
y también el botín.
Adelante.
A ver, Sr. Gerard, ¿cuándo piensa pagarme el alquiler?
Creo que tenía que haber sido la semana pasada.
Vera usted Sr. Gourrichet, permítame que me ría.
Mire, fíjese lo que me importa su recibo.
Mientras usted me reclama 6.000 francos,
si yo quisiera, podría comprarle su hotel, así, sin más.
¿Usted sabe quién es Trolius? No, no lo busque, no es uno de sus
huéspedes, es un fenicio, ¿no le conoce? No tiene importancia.
Perdió su tesoro hace 2200 años, ¿y sabe quién lo ha encontrado?
He sido yo, Sr. Gourrichet.
Miles de sestercios de oro de 50.000 francos la pieza.
¿Comprende entonces lo que representa?: decenas, cientos de millones de francos.
Y si sigue insistiendo, no tendrá nada,
ni un sestercio, ¡qué digo!, ni un maravedí...
Aunque si se porta bien,
si me deja tranquilo con su recibo tendrá parte del pastel.
Se cebará, se atragantará con sestercios, así que...
¡hasta la vista Sr. Gourrichet!
¡Hasta la vista querido Trolius...!
Manina... Manina...
Ya voy...
Buenos días, Gerard. Oh! qué hermoso pez, ¿es un jurel?
Sí, es para tus padres, y para ti también, claro.
- ¿Me puedes dar agua? - ¿Cuánta necesita?, ¿una botella?
Un poco más, si puedes, somos cuatro, ¿sabes?
Ah sí, ya lo sé...
Janine dile a Gerard que se dé prisa, esto ya esta cocido.
Henri, ¿podrías ir tú? Yo tengo que poner la mesa.
Sí vale, entendido. Ya voy.
Dile que traiga sal.
El faro no es ninguna tienda, no es razón para endosarle el jurel.
Siempre hay que estar mendigando algo a Manina.
¡Será grosero! Me pregunto cómo puedes aguantarle...
¿Y tú, Gerard?, ¿no te aburres con él?
No, no es de ese tipo de hombres, él sólo me da cachetes.
¿Y tú aceptas eso?
Son pequeños juegos entre nosotros.
Eso me tranquiliza...
Ya llega la flota... ¡Qué maja es esta Manina!
¡Y qué lástima que tenga sólo 13 años!, ¿eh?
¿es lo que quieres decir?
Oye, ¿yo he dicho eso?
¡Claro que no, no ha dicho nada!
Pero tú lo piensas. Ya sé que no respetas nada,
pero... fijarte en una cría de 13 años...
¡Hala, esta sí que es buena fijarme en Manina!, ¿pero estás loca?
Él no ha dicho ni una palabra.
Sí, está bien, siempre os apoyáis los dos...
¡Ya basta de tomarnos a las dos por imbéciles!
Esto es el colmo, comeré más tarde,
cuando hayáis terminado de incordiar.
Con un día como éste me sobra el resto,
espero que las vacaciones se acaben pronto.
¡venga, vamos a por el mero!
¿Qué ha dicho que iban a coger?
Un pez grande, un mero que han visto.
¡Qué van a coger...! ¡vaya par de calzonazos!
¿Lo has visto?, ha pasado bajo la roca, ¿vas tú?
Es demasiado hondo para mí; prueba tú.
Del mero, ni rastro, pero mira lo que he encontrado aquí.
¿Qué es eso?
Es el cuello de una ánfora romana o griega... ¡no sé, muy vieja!
¿Qué quieres hacer con eso?
Una lámpara o un vaso... es original, ¿no?
¡venga vamos a enseñárselo a las chicas!
¿Crees que eso les calmará?
vaya... ¡me he dejado el fusil...!
Sí, no hay duda, es el cuello de un ánfora fenicia.
Lo que las diferencia de las romanas son las asas, y el cuello alargado.
Las ánforas romanas tienen el cuello mucho más corto,
y el cuerpo se ensancha a partir de la soldadura de las asas.
¿Dónde la ha encontrado?
Frente a la isla de Lavezzi, la que usted citó en la conferencia.
Fue hace casi cinco años, durante unas vacaciones,
a unos 18 metros de profundidad.
La he conservado en mi casa; y ayer, cuando habló del naufragio,
me acordé de ella. ¿Quién sabe si podría haber más como ésta?
Sí, ya sé por dónde va, pero no se precipite: antes que usted,
los romanos e incluso los cartagineses,
fracasaron en su búsqueda.
Sí, pero ellos, sólo disponían de buzos sin escafandras.
Yo dispongo de botellas para descender hasta cincuenta metros.
Ya, hay algo más importante. Esta historia del tesoro de las ánforas,
es sin duda una leyenda, una leyenda excitante,
pero basada sólo en conjeturas.
Si esto no entorpece sus estudios, ni su futuro, siempre puede
lanzarse a la aventura y probar suerte, y quién sabe si fortuna.
En cualquier caso, guardará un buen recuerdo de los fenicios.
¿Quieres dejar de castigarnos ya?... ¡qué pesado!
Yo bebería a la salud del tesoro de Trolius, si tuviese algo bueno en mi vaso.
A ver... ¿qué pasa con ese champán?
Si el señor Mouton me fía...
Sr. Mouton, puede fiarle, ¿tiene quinientos millones?
Si realmente los tiene, no necesita crédito...
Claro, pero ese dinero está a cincuenta metros de profundidad.
Gerard es muy astuto, ha descubierto el sitio.
Es cierto Sr. Mouton, ¡sírvanos!
¿De verdad?
¿Ve ese vaso que está ahí? Esa es la prueba.
De acuerdo, le fiaré tres botellas, pero de espumoso,
Samur espumoso... es igual de bueno. Y es más barato.
Sr. Mouton, usted tendrá parte del tesoro de Trolius,
¡palabra de Gascón!
¡Bravo Trolius, han descubierto tu tesoro justo para pagar un traguito!
Reíd, reíd, todos, adelante...
Pero tal como dice el refrán...
muchos serán los llamados, y pocos los elegidos.
Los que hayan creído en mí y financiado mi expedición,
serán recompensados. ¡Vamos, que no hay para todos!
Tienes razón, hay que presentar a Trolius en sociedad,
yo me apunto, a ver... doscientos billetes.
Aceptados.
Apúntame a mí los quinientos que me debes...
- Ah, no, no es posible. - ¿Por qué?
Porque, no es en efectivo.
Es lógico.
¿Para qué necesitas todo ese dinero?
Tengo un plan: necesito un barco, no un transatlántico,
pero sí uno robusto, para llegar hasta allí y equiparlo
con un comprensor de aire para las botellas de buceo.
Todo esto es muy caro para gente sin un duro, como yo,
sencillamente necesito bastante dinero para llegar hasta el Mediterráneo.
Allí hay tipos que se dedican al tráfico de cigarrillos,
tienen sus propios barcos, y como son aventureros mi idea es meter
a uno en el negocio, y si le interesa, proponerle la mitad de todo.
¡La mitad! Estás loco, si ya hay que dejar la mitad no me interesa,
¡venga, mis doscientos billetes!
No te preocupes, la pieza más pequeña vale cincuenta mil.
Ha sido Bertheh quien me lo ha dicho, así que...
¡Bertheh!... Ese estúpido engreído.
¿Y qué?, estúpido no, ni tengo barco, ni puede elegir.
A cincuenta mil la pieza, yo creo que se puede hacer.
No te preocupes de lo que diga, es una roñosa. Yo entro, sólo que
tendrás que esperar... en este momento, voy un poco justo.
¡Habló el generoso!
A mí la aventura me chifla, ¿me llevas contigo?
Naturalmente querida.
vamos a acabar forrados de medallas, como en los Juegos Olímpicos...
Me hacéis reír. Sois una pandilla de ilusos.
No comprendéis que os está vendiendo
el timo del tesoro español.
En el fondo del mar no hay más que peces de colores.
La credulidad humana es ilimitada.
De todas maneras no tendrá el dinero dedicado a mis estudios.
Antes prefiero bebérmelo, Sr. Mouton póngame un coñac.
¿Y esto, es un sueño?
¿Y el tesoro español también es un sueño?
Habla con Henri Larú, él estaba conmigo en Lavéis cuando lo encontré.
Di lo que quieras, es el cuello de una ánfora fenicia,
y después de todo, no soy el único que cree en tesoros.
¿o es que no lees los periódicos?
¿No has visto que hay tipos que han ido a buscar el tesoro de Romel?,
y nada de locos, ni de estudiantes... es un notario,
un ujier, y hasta un comisario de policía.
¿Y el coronel de la gendarmería que está buscando
el tesoro de Mussolini? No es ningún crío ¿verdad?
Así que... los tesoros existen, ¿queda claro?
venga a verme más tarde, cuando esté solo. No falte.
Silencio... el Sr. Mouton va a por el espumoso.
¡Todos juntos: viva Samur, viva Mouton!
Entonces, ¿usted cree que hay muchas piezas?
Un montón, pero existe un riesgo.
¿Cuál?, a ver...
Hombre, pues que no estén.
Claro que estarán, estoy seguro. Si yo no tuviera mi negocio y a la
señora Mouton que no entiende nada... yo mismo iría allí.
No hasta el fondo del mar, sino más tranquilo,
en la superficie, sobre el barco.
Ahí van veinte mil francos. Entonces...
¿cuántas piezas me tocan? ¿esto vale un centenar?
¿Cien?, ¡ni lo sueñe!, ¡no!, guárdese su dinero,
eso harían... cinco millones.
Entonces, ¿cuánto?
Digamos diez, que hacen cincuenta mil.
No, no, no veinte.
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